Postparto, ¿y ahora qué?

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El nacimiento de un bebé es un acontecimiento importante que impacta en el modo de vida, rutinas y roles de una mujer*. La realidad de un parto y la vida tras este, a veces, no se corresponde con las expectativas que se tienen sobre ello. Unas pocas horas o días después del parto, se vuelve a casa con un miembro más y, puede que, con información de menos sobre qué ocurrirá a partir de entonces. Así, la llegada de un nuevo miembro a la familia puede ocasionar muchas preguntas, dudas y emociones y sensaciones muy intensas que, no siempre, son agradables. Estos sentimientos y pensamientos se han incluido en dos etiquetas diagnósticas dentro de la psicología: depresión postparto y “Baby blues”.

 

 

Recordando: Las etiquetas son herramientas que nos ayudan a definir un conjunto de características o conductas que tienden a ir juntas (bien para su estudio científico bien para compartir información entre profesionales). Pero, en ningún caso son explicativas, es decir, no se puede saber por qué alguien se comporta de X manera o qué función cumple hacer algo para alguien sólo atendiendo a una etiqueta.

La depresión postparto y el “baby blues” o tristeza postparto son dos etiquetas diagnósticas que se utilizan para englobar los siguientes signos en una persona que acaba de dar a luz:

  • Estado de ánimo triste, llanto y malestar emocional.
  • Pérdida de interés sobre actividades que antes se disfrutaban, así como dificultades para encontrar disfrute y placer en general.
  • Insomnio y/o sueño reducido.
  • Dudas y preocupaciones sobre la valía como cuidador.
  • Grandes preocupaciones sobre el bebé que generan malestar intenso.
  • Sensaciones de culpa sobre las decisiones que se han tomado en el parto y/o que se van tomando a lo largo del puerperio.
  • Miedo de dañar al bebé.
  • Dificultades para concentrarse y sensación de “neblina mental”.
  • Pensamientos sobre la muerte y el suicidio.

Las principales diferencias que marcan algunos profesionales entre la depresión postparto y el “baby blues” son los días de evolución, correspondiendo de 1 a 10 días en el “baby blues” o y alargándose a más de dos semanas en el caso de la depresión postparto.

Los datos de prevalencia indican que el “Baby Blues” ocurre hasta en un 75% de las madres tras el parto, así como la “depresión postparto” aparece alrededor del 15% de los casos. Teniendo en cuenta la alta incidencia de estos dos fenómenos, este artículo propone revisar los factores que rodean al parto y al puerperio con el fin de explicar y entender la alta frecuencia de aparición de estos signos, más comunes de lo que se suele pensar.

 

Entendiendo el malestar postparto

Una de las explicaciones principales al malestar emocional que ocurre tras el parto es la reducción de situaciones que proporcionan agrado y disfrute. Cuando una persona pierde estímulos agradables, cosas que le hacían sentir bien, el estado de ánimo se ve afectado, apareciendo sentimientos como la angustia y la tristeza. Además, es común que, con el paso del tiempo sin estos momentos agradables, cueste cada vez más retomar esas actividades satisfactorias, incluso cuando vuelven a estar accesibles.

Ante la llegada del bebé, el contexto de la madre cambia drásticamente, dificultando hábitos, rutinas y actividades que propician entretenimiento y placer. El tiempo para realizar tareas placenteras como salir con amistades, leer, ver una serie o disfrutar de una ducha tranquila se ve reducido por los requerimientos de cuidado del bebé. Además, planificar estas actividades puede ser complicado ya que las rutinas diarias no son estables y se modifican en función de las necesidades del recién nacido.

 

 

Las dificultades para encontrar disfrute no se limitan solo al tiempo disponible, sino a todos los cambios de contexto que ocurren con la llegada de un bebé. Los cambios en las rutinas como dejar de acudir al trabajo por la baja de maternidad, pueden imposibilitar eventos agradables como comer con los compañeros o compartir conversaciones durante un café. De la misma manera, los cambios en los espacios, como la inclusión de una cuna en la habitación, pueden reducir las posibilidades de disfrutar de la intimidad individual o compartida.

Además de esta reducción de momentos y actividades agradables, tras el parto, las madres se ven expuestas a situaciones desagradables que generan malestar y tensión.

Por norma general, los partos implican situaciones incómodas como dolor intenso y continuado, cansancio físico, cambios hormonales drásticos y molestias que se mantienen tiempo después del alumbramiento. Sufrir estos síntomas influye fuertemente en el estado de ánimo, propiciando estados de tensión, ansiedad y malestar.

Asimismo, la reducción e interrupción del sueño, el llanto del bebé o las molestias propias de la lactancia materna (en el caso de que se elija) son estímulos incómodos e irritantes a los que la madre está expuesta durante un largo periodo de tiempo tras el parto que, de manera indudable, afectan en su bienestar.

Otro factor a tener en cuenta para entender estos procesos son las expectativas. Las expectativas son aquello que se espera que ocurra en una situación basado en lo que se ha aprendido con anterioridad mediante experiencia propia o mediante lo que otras personas expresan al respecto.

Las expectativas sobre la maternidad están mediadas por los relatos sociales sobre las implicaciones de ser madre, cómo es la crianza, cómo son los bebés, etc. La opinión popular tiende a resaltar los aspectos agradables del parto y la maternidad y a omitir aquellos menos agradables. Así, se escuchan frases como “si tienes un hijo ya eres una mujer completa”, “tener un hijo es lo mejor que te puede pasar en la vida” o “las madres pueden con todo”. Estos relatos, además de no corresponder con la mayoría de las vivencias, promulgan una manera de maternar en la que la mujer sabe todo sobre su bebé y supera y soporta todos los aspectos desagradables solo por ser “MADRE”.

 

 

Por otra parte, el entorno social cuenta con la misma idea generalizada de cómo es ser madre y puede que demande y espere el modelo de “madre coraje”, feliz y comprometida con su nueva vida. Si el entorno no encuentra lo que espera en la madre, es posible que critique y juzgue su situación, creando más tensión y malestar en ella.

Estas demandas sociales también añaden presión sobre la madre ya que se plantean reglas vagas y no específicas (ej. Una madre siempre sabe lo que necesita su bebé) que, además, en muchos casos no son asequibles (ej. Una madre siempre tiene tiempo para su bebé) y terminan generando malestar en madres que, pese a su esfuerzo, no pueden cumplirlas.

Como se señalaba al comienzo del artículo, cuando una madre llega a casa con el bebé, puede conocer en mayor o menor medida cómo actuar o como cuidarlo, pero va a tener que hacerlo para que este mantenga su bienestar.

La responsabilidad de estar a cargo de un bebé puede resultar angustiosa ya que las consecuencias de un mal cuidado o atención son muy graves. La madre tenderá a esforzarse por cubrir todas las necesidades para evitar los daños del bienestar del bebé. Teniendo en cuenta que la información sobre los cuidados puede ser escasa y que la comunicación con el bebé es muy limitada, la madre puede encontrarse en tensión continuada por cubrir todos los cuidados y comportarse de manera tan responsiva y pendiente que desplace, por falta de tiempo y energía, otros aspectos fundamentales como su autocuidado o descanso.

 

Teniendo en cuenta todos los cambios y situaciones que pueden ocurrir tras un parto y el impacto de estos en el bienestar de una madre, la “depresión postparto” o el “baby blues” pueden entenderse como reacciones que, pese a ser incómodas y molestas, son comprensibles, normales y habituales. Es decir, es normal dudar, cuestionarse, sentirse cansada, abrumada, tensa o tener un ánimo cambiante dados los acontecimientos de un postparto.

 

¿Qué podemos hacer al respecto?

Con el fin de mitigar estas reacciones, si se desea, desde este artículo se proponen las siguientes pautas generales que tienen como objetivo generar tiempos y espacios para recuperar actividades gratificantes y descanso.

  • Pedir ayuda y delegar, si es posible, con el fin de generar tiempo libre para:
    • Descansar
    • Practicar el autocuidado (una ducha tranquila, la realización de ejercicios de recuperación, preparar o pedir una comida rica, cuidados como un masaje o una mascarilla…)
  • Reservar un tiempo diario, el que sea asequible, para una actividad agradable (leer, ver un capítulo de una serie, dibujar, pasear…)
  • Comunicar al entorno, si se desea, el estado emocional y las vivencias sobre la maternidad con el propósito de encontrar mayor apoyo y reducir la posible presión de sus expectativas sobre la madre.
  • Ajustar las exigencias y demandas propias a las posibilidades del momento. Como se ha explicado en este artículo, la maternidad puede ser un proceso complicado y variante que va a requerir de la adaptación continua a las circunstancias del bebé. Es completamente válido y normal no cumplir con lo planificado o esperado.
  • Buscar un grupo de madres con quienes compartir las diferentes formas de vivir la llegada de un bebé que aporten otras perspectivas sobre lo que es la maternidad.

 

 

La información y pautas aportadas en este artículo son generales. Para comprender y abordar un caso particular es será necesario consultar con un profesional de la psicología que pueda proporcionar instrucciones personalizadas en base al análisis funcional del caso concreto.

*En este artículo se ha elegido la palabra “madre” y “mujer” para referirse a las personas gestantes ya que los datos actuales indican que los partos son realizados en su gran mayoría por mujeres cisgénero.

 

Julia Cebrián Abad. Alumna del practicum del MPGS de la Universidad Europea de Madrid 

 

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