Aprendiendo a tomar decisiones

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Junio es un mes de cierre, fin del año académico y anuncio de las vacaciones de verano,  en el cual tendemos a reflexionar sobre nuestro futuro. Algunos se preguntan si deberían seguir en la misma empresa o apostar por otra, otros se ven obligados a decidir qué hacer el próximo año. Por ejemplo, en estos días muchos estudiantes que han aprobado la selectividad, PAU o EvAU, han de decidir hacia dónde dirigir su futuro profesional. Esta decisión puede hacernos dudar de nuestra capacidad para decidir y repensar todas nuestras alternativas sin conseguir decantarnos por ninguna de ellas.

Constantemente estamos tomando decisiones: desde qué tomar para desayunar o cómo vestirnos, hasta tener hijos o aceptar un puesto de trabajo en otro país. Sin embargo, nuestro patrón de respuesta ante cada una de ellas no es el mismo. Elegir entre café o té para desayunar lo hacemos en cuestión de segundos, pero tomar la decisión de ser madre o padre puede llevarnos a una concatenación de preguntas sin respuestas.

 

 

¿Por qué nos resulta más difícil tomar ciertas decisiones?

La dificultad varía en función de la importancia que otorguemos a la decisión, es decir, de las consecuencias o implicaciones de esta. Será más importante aquella decisión que asociamos a mayores consecuencias negativas en caso de no optar por la alternativa más acertada. La importancia, no deja de ser un criterio individual y subjetivo pues somos nosotros mismos quienes anticipamos las consecuencias y la trascendencia de estas. He aquí la segunda dificultad, distinguir el grado de importancia de unas decisiones frente a otras. Es necesario establecer las consecuencias en los términos más objetivos y ajustados posible. Cualquier decisión se toma con perspectiva al mañana y, por ello, todas las posibles consecuencias no dejan de ser anticipaciones, no podemos predecir el futuro. Si estas consecuencias anticipadas no son racionales y no se establecen en términos probabilísticos, la toma de decisión será más difícil. Por ejemplo, si yo considero que si no elijo bien dónde pasar las vacaciones de verano voy a estar el resto del año amargada, más difícil será la toma de decisión.

Otra de las grandes razones por las que nos resulta difícil tomar una decisión es porque cuando nos vemos expuestos a esta tarea solemos sentir miedo, miedo a equivocarnos.  Aparecen los “y si luego no me gustan las asignaturas de macroeconomía o microeconomía” “y si luego no encuentro trabajo”. Esto nos genera un gran malestar del que en muchas ocasiones escapamos postergando la toma de decisión, preferimos no enfrentarnos a las consecuencias temidas y desviamos nuestro foco de atención a otra cosa. No hay nada más temible que las anticipaciones de fracaso, sin embargo, el fracaso no será mayor o menor si se anticipa pues muchas de las contingencias del futuro están fuera de nuestro control.

No obstante, sí podemos controlar nuestra conducta en el momento presente: manejar nuestros pensamientos y emociones no anticipando un escenario catastrofista e imposible de modificar y, si se dan consecuencias negativas, aprender a tolerarlas. Modificar nuestro discurso interno de autocrítica, sustituyendo un “Mi futuro depende exclusivamente de que carrera decida estudiar” o “Por mi pésima decisión de haber estudiado bellas artes, ahora no consigo trabajo” por un “Me conviene elegir una carrera que tenga más salidas profesionales” y un “Dado la gran oferta del mercado me es más difícil encontrar un trabajo”. Salir del bucle de revisar recurrentemente cada alternativa, tratando de adivinar todos los posibles escenarios para cada una de las alternativas, un bucle que se mantiene por la “falsa” sensación de control.

 

 

 

El miedo a equivocarnos está a su vez influenciado por la idea irracional de que solo hay una decisión correcta y que el resto son inadecuadas. Una decisión no suele ser correcta e incorrecta en términos absolutos, sino que puede ser más o menos ajustada a la situación sobre la que se toma la decisión, a los objetivos que tenemos, a los criterios que consideramos relevantes y a nuestro contexto.  Y esto  es lo que debemos tener en cuenta en el proceso de toma de decisiones.

Nuestra historia previa de aprendizaje también puede dificultar la toma de decisiones. Si en ocasiones anteriores me he arrepentido de la decisión tomada, es probable, que cuando tenga que tomar otra decisión tenga miedo a volver a arrepentirme. El arrepentimiento sólo nos lleva al bloqueo, pensar qué hubiera pasado si nos hubiéramos decantado por otra alternativa es absurdo pues no podemos saber qué hubiera pasado entonces. Además, son pocas las decisiones que no se pueden modificar: podemos cambiar de carrera universitaria, volver a nuestro país natal si no estamos contentos en nuestro nuevo destino o volver a buscar un trabajo por cuenta ajena si no nos resulta rentable ser autónomos.

 

Pero, ¿cómo enfrentarnos a tomar una decisión?

Tomar una decisión no es algo innato y como muchas otras conductas se aprende.

Antes de tomar una decisión sobre un problema o situación que consideras relevante, es necesario que elijas el momento y lugar adecuado. En caso contrario, tendrás más justificaciones para postergar el proceso de toma de decisiones. Al principio, este proceso te llevará más tiempo, pero con la práctica, te resultará cada vez menos costoso.

Cuando te enfrentes a la toma de una decisión, te sugiero que sigas los siguientes cinco pasos:

  1. Definir la decisión a tomar de forma operativa. En primer lugar, es importante definir, de la forma más concreta posible, la situación o el problema sobre el que hay que decidir. Sopesar y desmenuzar una situación o problema suele favorecer que surjan alternativas que antes no se habían pensado.
  2. Hacer una lista de todas las alternativas posibles. Escribe todas las opciones que se te ocurran, sin emitir ningún juicio de valor sobre la dificultad o viabilidad de estas. El objetivo de este paso es escribir la mayor cantidad y variedad de alternativas, aunque sean aberrantes o complicadas.
  3. Establece los criterios para cada una de las diferentes alternativas. En este paso, has de contemplar cuales son los criterios que consideras importantes y los que por tanto tendrás en cuenta. Algunos aspectos a considerar serían: a.) en qué medida la alternativa resuelve el problema, b.) en qué medida me siento bien con la alternativa, c.) cual es el balance beneficio/coste (esfuerzo, dinero, tiempo), etc.
  4. Valora cada una de las alternativas. Puntúa del 0 al 5, siendo 0 el valor mínimo y 5 el máximo, cada uno de los criterios que consideras relevantes. Por ejemplo, si la alternativa resuelve en gran medida el problema obtendrá una puntuación 5 y si no resuelve en nada el problema obtendrá una puntuación 0 para el criterio “resolución del problema”. De esta manera, cada alternativa, obtendrá una puntuación total, suma de la puntuación dada a cada criterio. En este paso, te sugiero que elabores una tabla con tantas filas como alternativas, y tantas columnas como criterios a considerar. Así, cada casilla tendrá un valor del 0 al 5, y en última columna podrás visualizar la puntuación total de cada alternativa.
  5. Selecciona la alternativa que haya obtenido la puntuación más alta. Si hay dos o más alternativas que han obtenido la misma puntuación, piensa si sería viable combinarlas en tu decisión. Si necesitas elegir una única, vuelve a definir un criterio (o varios) y puntúa de nuevo para que quede una única alternativa con mayor puntuación.

 

Y, ¿después?

Una vez hayas escogido la alternativa que cumple en mayor medida con los criterios contemplados, es importante pasar a la acción. De nada sirve tomar una decisión si luego no actúo acorde a la misma. Para ello, elabora un plan de acción sobre cuándo y cómo pondrás en marcha tu decisión, y plantea el tiempo que va a requerir llevarla a cabo.

También es importante preveer  los posibles obstáculos o problemas que te puedes encontrar, para que así te resulte más fácil superarlos en el momento en el que se presenten.

En conclusión, tomar decisiones es una habilidad, que al igual que otras, se aprende. Podemos entrenar el proceso de toma de decisiones para que cada vez sea más ajustado a la situación, nuestros objetivos, los criterios que consideramos relevantes y nuestro contexto. Recuerda que el resultado de nuestra toma de decisiones está ligado a muchas variables que no podemos controlar y que solo nos debemos responsabilizar de lo que sí que podemos controlar.

 


Julia Ekker

Alumna Promoción 2017-2019

 

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